En pleno centro político y económico del país se levanta una subcultura de mujeres en pequeños bikinis, música al máximo volumen y de café bien caliente.
Martín Romero E.
El café con piernas es una especie de tradición chilena la cual con el tiempo se ha transformado casi en orgullo patrio. Cientos de hombres, todos los días dedican buena parte de su tiempo (laboral, por lo demás) y de dinero en tomarse un café en compañía de una exuberante dama vestida con diminutas prendas.
Martín Romero E.
El café con piernas es una especie de tradición chilena la cual con el tiempo se ha transformado casi en orgullo patrio. Cientos de hombres, todos los días dedican buena parte de su tiempo (laboral, por lo demás) y de dinero en tomarse un café en compañía de una exuberante dama vestida con diminutas prendas.
Tamaña actitud es digna de un buen análisis sociológico, porque basta una sencilla pasada por estos centros del buen beber (y ver) para darse cuenta que la imagen idealizada de estos locales (o sea la de las minas más exquisitas de Chile y del universo), no es más que una exageración.
No se puede decir otra cosa, exageración. Porque pasar una hora diaria con un grupo de mujeres, que si bien casi no están vestidas, no son más que las tienen en la casa es digno de estudio. Yo propongo tres tesis: 1.- La descomunal cantidad de porno que el hombre promedio chileno consume, que lo hace necesitar dosis diarias de mujeres desnudas. 2.- La calentura propia del hombre y 3.- La estupidez propia de uomo qualunque chilensis.
Son las 11 de la mañana de un lunes, y a pasos del Paseo Ahumada se encuentra la Galería Comercial Santiago Centro, que al momento de su construcción se pensaba como “el” gran centro comercial del barrio cívico capitalino. En su subterráneo, cosa que me parece no estaba prevista por los capitostes del edificio, hay una gran cantidad de cafés con piernas.
En uno cuantos metros cuadrados hay 10 de estos locales que comparten espacio con tiendas de ropa, de deportes, relojerías y farmacias.
En pleno horario laboral (o por lo menos es así en cualquier país decente del mundo) tres hombres bien vestidos se aprestan a entrar al café “Ikabarú”. Se nota que no es la primera vez que entran al local, ya que al hacerlo saludan a una de las señoritas que atienden la barra, que por lo que escuché (yo entré detrás de los susodichos) se llama Marcela.
-Es tu primera vez aquí- dispara Jessica, al verme en la barra.
-SI- digo mintiendo en forma descarada.
-¿Un cafecito?, guapo- me dice.
-Ya- expreso con voz media irónica. (A qué iría alguien a un café, aunque sea con piernas, si no es para tomarse un café pienso en el silencio).
La música está fuertísima, puro reggaetón, o sea ese tipo de canciones en que el macho caribeño le dice a su mujer cosas como: “te lo voy a hacer por teléfono”, “te lo voy a hacer con ropa”, “te lo voy a hacer por detrás” (juro que así rezaba una canción que escuché ahí).
-¿Por qué estás acá?- le pregunto a uno de los tres tipos que entraron al local antes que yo .
-Para relajarme, es bueno empezar la semana así-, me dice medio riendo y echándole una mirada a Jessica que se acerca con mi café y un vaso de agua helada.
-¿Por qué trabajas aquí?- inquiero.
-No ganaría la plata en otro lado, y uno tiene que vivir de algo ¿no?
Lo que dice es medio esquizofrénico porque, por un lado está contenta con el dinero que gana, pero el tono en que lo dice da a entender que preferiría trabajar en algo mejor.
-¿Tienes hijos?, le digo.
-No, ni marido tampoco- me responde en forma sexy. Reconozco hidalgamente que ese momento centré mi atención en su pequeño bikini verde fosforescente, que a la imaginación mucho no dejaba.
Jessica igual es guapa, tiene lo suyo. Y como el parroquiano anterior me dice que los hombres van al café para pasar el rato, -desestresarse y compartir con las chiquillas- (sic).
Esa es la cuestión: el hombre chileno está tan estresado por ser padre, esposo y sustento de la familia, que necesita de un tiempo para sí mismo y como la oración y la penitencia no son suficientes, tomarse un café con una mina medio en pelota es de gran consuelo.
Veinticinco para las doce y el café está al tope, estoy todo apretujado. El humo y la música me tienen podrido, ya es hora de irme.
A la salida doy una vuelta por el subterráneo de la Galería y converso con los otros locatarios sobre lo que significa compartir el espacio con este tipo de locales. Antes de hacerlo pienso que la cohabitación es horrible, asaltos, intentos de violación, drogadicción, Carabineros por montón y a cada rato.
De nuevo todo es una exageración. –Mira aparte de la música fuerte, no pasa nada- me dice la dependiente de una farmacia naturista, remedios homeopáticos y cosas así. Más allá en una tienda de ropa para hombres un tipo gordo me dice más menos lo mismo, -te mentiría si te digo lo contrario- expresa.
En la galería centro aparte del “Ikabarú” están, el “Bahía”, el “Bubalú”, el “Ipanema”, 2 “Internacional”, 2 “Alibabá” y 2 “Kako´s”.
Ahora, si usted amable lector se encuentra lejos de la Galería Comercial Santiago Centro, le ofrezco sin cargo una guía, cual Turistel, para que ubique en pleno centro su lugar de descanso “con piernas”.
En la galería Alessandri (que da hacia Agustinas y Huérfanos) están el “Paraíso”, (que ofrece un show de cuerpos pintados) y dos locales del “Alibabá”. En Teatinos se encuentran el “Scorpio” (Nº 428), el “Brasil” (Nº471) y casi llegando a Catedral están “Mr. Cofee”, “De Phe a Pha” y el “Ipanema”. Estos tres últimos son atendidos por mujeres infinitamente feas y “lanzadas”, según un periodista que trabaja por ahí.
En Huérfanos 1373 en una galería comercial al frente de la Superintendencia de Seguridad Social, están el “Jany” (que cambia de administración el 9 de octubre) y el “Fiera” (al que después de las 20 horas, sólo se puede acceder por el Pasaje Rosa Rodríguez). Para finalizar, en Amunátegui están el Latino (al costado de la Torre Entel) y el Alibabá (Nº269), el único café con piernas cuyas puertas no son de vidrio polarizado sino de madera.


