jueves, 28 de mayo de 2009

El arquitecto de la muerte

Roberto Barceló Lira quien ideó el edificio donde se alberga el diario “La Nación”, es uno de los pocos hombres que ha sido fusilado (por lo menos legalmente) en Chile. Aquí su historia que terminó en plomo, en la cual se entreteje a lo más granado de la aristocracia chilena.

Martín Romero E.

Según dicen las obras tienen invariablemente algo de sus creadores. No en vano éstos dejan en ellas no sólo tiempo y energías, sino que también alma, pasión y deseo.


Ahora, ¿qué pasa si el creador tiene algo de siniestro? (O lo es completamente). ¿Su obra lo será?


Emplazado en pleno “Barrio Cívico” se encuentra el diario “La Nación”. Desde la Plaza de la Constitución, y producto de los árboles que dan hacia su frontis, casi es imposible verlo, sólo se lo ve si se pasa por la calle en donde se encuentra el edificio que lo alberga: Agustinas 1269.


La Construcción de este edificio se demoró dos años de 1928 a 1930. La obra se enmarcó dentro de la construcción de dicho “Barrio” en pleno gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo. El nuevo edificio, que acaparaba casi toda la cuadra de Agustinas entre Teatinos y Morandé, reemplazaba a la antigua casona que alojaba al periódico cuando éste seguía estando en manos del político liberal Eliodoro Yáñez, “El Maestro”, como se lo conocía.


En 1927 “La Nación” pasa a manos del Estado y en el gobierno se decidió que el matutino debía tener una nueva casa, para lo que se contrató al arquitecto Roberto Barceló Lira.


Nadie pudo presagiar que el 30 de junio de 1933, el joven profesional mataría a su esposa al frente de su hijo mayor de un tiro por la espalda. Tampoco nadie intuyó que esa tragedia era el comienzo del fin para Barceló, que un día lo llevaría a enfrentar a un pelotón de fusilamiento.


Nacido en el seno de una familia aristocrática, fue el penúltimo de los once hijos que José María Barceló Carvallo, destacado abogado, ministro de la Corte Suprema hasta su muerte y ministro de Justicia del presidente Federico Errázuriz Zañartu, tuvo con Rosa Lira Carrera, nieta del prócer de la Independencia José Miguel Carrera.


Dueño de una personalidad que lo hacía víctima del juego, el derroche, las fiestas interminables y, por supuesto, las mujeres hermosas, Barceló Lira era considerado como la “oveja negra” de su familia. Claro, no tenía el temple de su hermano José María, general de Ejército y director de la Escuela Militar, que el 9 de julio de 1927 marchó al frente de sus hombres por las calles de Buenos Aires, apenas 48 horas después de sobrevivir a un horrible accidente de ferrocarril en la estación Alpatacal, cerca de Mendoza, donde 12 cadetes chilenos murieron.


Tampoco era como su hermano Luis, gran abogado, profesor de la Universidad de Chile e intendente de Tacna cuando ésta todavía era chilena. Ni tampoco como su hermano Jorge, también militar, y también director de la Escuela Militar.


Hombre alto, guapo, y agresivo conoció y entabló noviazgo con la joven Rebeca Larraín Echeverría, hija de la escritora Inés Echeverría Bello (conocida como “Iris”), nieta de Andrés Bello, primer rector de la Universidad de Chile y creador del Código Civil. Rebeca era diametralmente opuesta a su novio, retraída, tímida y sumisa. Sin embargo y a pesar de la reticencia de su padre (que se manifestó en el envío de la muchacha a Europa para que se olvidara del galán), la joven logra casarse con Barceló luego de escapar de su hogar, cosa increíble dada su personalidad.
Foto: Rebeca Larraín

A poco de contraer matrimonio la pareja tuvo las primeras dificultades. Roberto tenía problemas con el juego y el alcohol y sus infidelidades hicieron mella en la relación. La tragedia comenzó a ceñirse sobre la pareja cuando Annunziata su hija mayor, murió a los dos años a raíz de una extraña enfermedad. Tenían dos hijos más, Roberto y Rebeca.




Los “picotazos cariñosos”


La tormenta final para Barceló Lira comenzó ese fatídico 30 de junio de 1933, cuando se disponía a ir a una reunión de la Milicias Republicanas, órgano paramilitar anticomunista de derecha. Antes de salir de su hogar, ubicado en Avenida Holanda 456 esquina Irarrázaval, en Ñuñoa, el arquitecto le disparó por la espalda a su mujer en presencia de su hijo Roberto de seis años.


Inmediatamente después del disparo, el propio Barceló alerta a Carabineros y a la asistencia médica para que fueran en socorro de la desgraciada. No pudieron hacer nada. La policía detiene inmediatamente a Barceló como principal inculpado, quien desde esa fecha no pudo ver nunca más a sus hijos.


Durante el juicio, que duró casi tres años, el acusado cambia varias veces de versión, una más inverosímil que la otra. Una de las explicaciones que dio para el disparo, fue la de decir que con el revólver le daba “picotazos cariñosos por la espalda” y que el tiro salió por casualidad. En otra oportunidad, Barceló indicó que el disparo, accidental por supuesto, fue producto de un abrazo que le dio a su mujer, luego del cual el arma se disparó.


La causa del parricidio, habría sido la molestia del arquitecto con su esposa por que ésta se negó a prestarle dinero para pagar una importante deuda.


Como fuere, la justicia lo condenó a muerte. Barceló le solicitó el indulto al Presidente Arturo Alessandri Palma, quien tenía tres días para tomar una decisión. Una amplia gama de personas cercanas al asesino y a la victima, se presentaron ante Su Excelencia para convencerlo en uno u otro sentido. Sin embargo, la visita más importante (y que pasaría a la historia) sería la de la madre de Rebeca, Inés, amiga del Primer Mandatario.


Según cuenta Mónica Echeverría, en su libro “Agonía de una Irreverente”, la desconsolada madre habría amenazado de muerte al Presidente con una pistola, si es que aceptaba otorgarle el indulto a Barceló. “Si estoy frente a un cobarde, sepa usted señor Presidente de la República, que no dudaré un instante en matarlo… la historia sólo recordará a un débil que fue ultimado por una mujer”, le habría dicho.


Y es que Inés Echeverría inició una verdadera cruzada para conseguir el fusilamiento de su cuñado, incluso, publicó un libro (“Por Él”), una verdadera diatriba en contra de su yerno. Si bien podría parecer un descargo de una sufrida madre contra el asesino de su hija, hay personas que creen que la motivación de Inés, se debe más bien a la culpa.


La escritora Mónica Echeverría, en una entrevista al diario a “La Nación Domingo” (del 28 de mayo del 2006) dijo que “lo que le sucedió a Inés cuando Barceló le dispara a su hija Rebeca es darse cuenta de que ella es la culpable. Por no haberle dado a su hija el amor que necesitaba. Por no haber hecho de ella una mujer fuerte. La humilló tanto, siempre, que la entregó como un corderito para que hicieran de ella un chivo expiatorio. Para que hicieran lo que quisieran. Entonces, una manera de librarse de su culpa y autocastigarse es llegar hasta el extremo y que a su yerno lo fusilen. Ella hizo de su hija un ser muy indefenso, y la entregó al hombre que la mató”.


El dinero, el cochino dinero


La campaña de Inés, dio resultado. El 26 de noviembre de 1936 Alessandri negó el indulto, Barceló Lira sería pasado por la armas. Hubo algunos que no lo pudieron soportar, como Josefina, hermana del parricida que al enterarse de la noticia, fue fulminada por un ataque al corazón.


Durante casi toda su estadía en la Penitenciaría de Santiago, Barceló estuvo acompañado espiritualmente por el sacerdote jesuita Alberto Hurtado Cruchaga, que con el tiempo se convertiría en santo. Ambos habían sido compañeros en el Colegio San Ignacio.


El 30 de noviembre del 36’, diez para la seis de la mañana Barceló Lira, salió de su celda en compañía de su amigo cura, para enfrentar el patíbulo. Según el periodista Hernán Millas, (en su libro “Habrase Visto”) antes de separarse el arquitecto abrazó a su viejo amigo y le dijo: “ahora que voy a presentarme ante Dios, puedo confesar una vez más que soy inocente”.


Ocho minutos después, Roberto Barceló Lira murió fulminado por la ráfaga de los fusileros de Gendarmería. En el instante en que las balas fueron disparadas gritó: “!soy inocente!”.


Millas recuerda que, trabajando para la revista “Ercilla”, tuvo la posibilidad de acompañar al santo en una de sus actividades y de preguntarle acerca de Barceló. “Siempre estuve convencido de que fusilaron a un inocente”, le dijo.


Antes de morir, Barceló le pidió un favor a Hurtado: que le entregara unas cartas a su hijo mayor Roberto, cuando éste cumpliera los 21 años. A su debido tiempo el futuro santo cumplió su palabra.


“No dejes que a lo largo de tu vida te domine el interés por el dinero”, fue el principal mensaje que Roberto padre le dedicó a Roberto hijo. Consejo por lo demás, que Roberto Joaquín Barceló Larraín siguió al pie de la letra.


Se dedicó a la vida intelectual como profesor de Filosofía, principalmente en la Universidad de Chile. Estudió en Alemania y con el tiempo se convirtió en un reconocido intelectual, ejerciendo importantes cargos en el mundo académico como la rectoría de la Universidad Andrés Bello. Al igual que su hermana Rebeca, consiguió rehacer su vida, ambos se casaron y formaron familia, a pesar de que la sombra de ese 30 de junio, en parte nunca los abandonó. Quizás por eso siempre se negaron ha hablar sobre ese día de invierno de 1933.

3 comentarios:

  1. COBARDEEEE .......IGUAL A ANGUITA ACTUAL ....SON SICOPATAS

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    1. Es obvio que fue un crimen, lamentable caso de otra epoca y situacion.

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    2. Un lamentable episodio,que marca a los inocentes de siempre LOS HIJOS.

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