miércoles, 1 de julio de 2009

La llama que se apagó

Martín Romero E.

Se podrán decir muchas cosas malas acerca de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, salvo, que era un megalómano. Durante casi los 30 años que estuvo en la primera línea del poder, sólo en contadas ocasiones cometió ese tipo de exabrupto.

Tal vez en 1981 cuando se auto ascendió a capitán general (5 estrellas), rango militar que sólo había ostentado O’Higgins, o tal vez cuando se comenzó a construir en Lo Curro la fastuosa casa que sería albergue de los Presidentes de la República (y que costó millones de dólares cuando en Chile la pobreza superaba el 35%), pero pare de contar.

Tanto Pinochet como las Fuerzas Armadas no querían emular a sus colegas del resto del continente, que no trepidaban en colocar su nombre en plazas y ciudades y su rostro y cuerpo en cientos de estatuas. El pudor “portaliano” pudo más que los Trujillo, Somoza, Franco y Stroessner.

Sin embargo esto no aconteció en lo que respecta al régimen, que el capitán general comandó por 16 años y medio. Ése como supuestamente nos había salvado de la debacle social, económica, política y moral en 1973, merecía con todas las de ley ser celebrado como correspondía.

Primero, los 11 de septiembre pasaron a ser feriados legales. El tradicional mensaje del 21 de mayo que el Presidente daba ante el Congreso Pleno, fue trasladado a ese día, con cadena nacional y todo. Segundo, una de las principales calles capitalinas pasó a llevar el nombre del día de la gesta heroica: Avenida 11 de septiembre se la conoce hasta ahora, y seguirá así por muchos años ya que el alcalde de la comuna que la alberga (Providencia) ha dicho en reiteradas ocasiones que va a mantener el nombre tal y como está.

(Nada que alegar, el alcalde es uno de los últimos fieles. Fue jefe de escolta de Pinochet y secretario general de Gobierno de la mentada administración).

Pero la más polémica de las obras que se erigieron para celebrar el 11 de septiembre fue una que se ubicó en plena Alameda, en su sector sur, frente al palacio de La Moneda custodiando, además, los restos del libertador Bernardo O’Higgins: se le llamó la Llama de la Libertad.

Ésta era una especie de plato de metal que mantenía viva una llama (que se encendía a punta de gas) sobre un rectángulo que se erguía por sobre el metro del suelo. Por debajo de ésta, un mausoleo de mármol blanco italiano cobijaba a los restos de O’Higgins.

Completaba el cuadro arquitectónico una estatua del libertador a caballo, a pocos metros del lugar, del escultor chileno Nicanor Plaza y del francés Carrier Beluse que representaba a O’Higgins en plena batalla de Rancagua, sable al viento.

Todo esto constituía el “Altar de la Patria” en memoria de la independencia de la nación.
La inauguración de la llama en sí, o sea el plato, se produjo el 11 de septiembre de 1976, con jóvenes universitarios y cadetes de la Fuerzas Armadas que tuvieron el “honor” de encenderla ante el propio Pinochet. Antes de eso y en espera de las remodelaciones que hicieran posible su instalación, estuvo (ya encendida) en el cerro Santa Lucía.

Fue por excelencia el símbolo del gobierno de Pinochet todas las manifestaciones de apoyo (o de rechazo) tenían como punto central la Llama; en innumerables ocasiones individuos o grupos de izquierda (sobre todo ya en democracia) trataron de apagarla burlando la guardia de Carabineros que siempre resguardó el lugar.

Fue, como sucede muchas veces, un símbolo arquitectónico que mezcló arte con política y con una época.

Luego de terminado el gobierno de Pinochet la Llama concitó la polémica entre defensores y detractores del capitán general y su obra. Por años diputados y senadores de la Concertación expresaron la conveniencia de que por una vez por todas, la mentada llama se apagase.

La excusa para ello llegó tras un recorte presupuestario que sufrió la Secretaría General de Gobierno, quién se hacía cargo del pago del gas que se utilizaba para mantener el fuego de la llama. Los cuatro y medio millones de pesos que costaba la manutención, resultaban demasiados para la entonces administración.

Pero el definitivo golpe mortal llegó tras el anunció de que se reconstruiría todo el sector de Alameda Sur para hacer una “Plaza de la Ciudadanía”. En el nuevo diseño, no había Llama ni “Altar de la Patria” y los restos de O’Higgins serían puestos en una especie de mueso subterráneo en el mismo lugar, pero remodelado.

En una ceremonia efectuada el lunes 18 de octubre de 2004, el Ejército retiró los restos del libertador de su mausoleo blanco, envuelto en la bandera y a los sones del himno nacional con rumbo a la Escuela Militar, donde fueron cobijados por algunos meses.

Una semana después la llama fue apagada y sacada del lugar por el inicio de las obras.
Luego de la reconstrucción del lugar (principios del 2006) sus restos fueron nuevamente depositados en el subsuelo del lugar, que ahora está abierto al público, en una cripta que también incluye un pequeño museo. La estatua de O’Higgins a caballo se conservó y está a un costado de la plaza hacia calle Zenteno, al frente del edificio de las Fuerzas Armadas.

La Llama de la Libertad pasó a mejor vida. En medio de la polémica que significó su salida del “Altar de la Patria”, el Ejército se hizo cargo de ella, custodiándola (apagada eso sí) en la Escuela Militar en busca de su lugar de residencia definitivo. Según fuentes del instituto armado lo más probable es que se traslade al Museo Histórico Militar que se ubica en calle Blanco Encalada.
Final triste para una llama que sus ideólogos pretendían tener siempre encendida, siempre alerta, siempre guardián. Pero era demasiado polémica, demasiado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario