Martín Romero E.
Jueves 4 de junio, 15 horas. Día soleado a pesar de estar en pleno otoño. Lugar: Plaza de la Constitución, centro neurálgico cívico y económico del país. Día de trabajo normal en espera del fin de semana, hora no muy normal ya que los miles de trabajadores de los bancos, de la administración pública y del comercio vuelven a sus labores luego de un reconfortante almuerzo (y en la mayoría de los casos) un buen cigarro.
Jueves 4 de junio, 15 horas. Día soleado a pesar de estar en pleno otoño. Lugar: Plaza de la Constitución, centro neurálgico cívico y económico del país. Día de trabajo normal en espera del fin de semana, hora no muy normal ya que los miles de trabajadores de los bancos, de la administración pública y del comercio vuelven a sus labores luego de un reconfortante almuerzo (y en la mayoría de los casos) un buen cigarro.
Miles de personas con tranco rápido que conversan, que gesticulan, que ya piensan en las próximas horas de les esperan por delante, que pasan indiferente por delante de los que no conocen. Indiferentes a un perro que a esa hora, a pasos de la estatua del Presidente Jorge Alessandri, duerme sin preocupaciones.
Sin preocupaciones como una pareja de ¿esposos?, ¿novios?, ¿amantes?, que en una escalinata aprovecha el tiempo comiendo un sándwich y aprovechando entre mascada y mascada para robarse alguno que otro beso.
Gente, mucha gente que trata de esquivar los cientos de metros de rejas que cercan la plaza en precaución de protestas y manifestaciones que a esa hora no se avizoran. Rejas que además cercan, de manera increíble, las estatuas que se yerguen oscuras y solemnes por sobre la plaza. La de Eduardo Frei Montalva, en proceso de remodelación ya que unas baldosas estaban sueltas, la de Salvador Allende homenajeada en el aniversario del Partido Comunista.



Portales, el constructor de la República, y un monolito a Carrera, ese que siempre se olvida a favor de O’Higgins, también tienen su lugar en la plaza aunque secundario y desapercibido.
Salvo por los autos que atraviesan por el frente del Palacio de La Moneda por calle Moneda, no hay vehículo alguno en la plaza, lo que contrasta con el espíritu original con la que se ideó el lugar: un amplio estacionamiento para los autos de las autoridades oficiales. Pero eso no va más, cuando se reconstruyó el lugar luego del bombardeo de 1973 se decidió que los autos debían estacionarse en un subterráneo de La Moneda, celosamente vigilado por Carabineros.

Un día normal de pleno trabajo, en pleno centro cívico, en el que también se entrelazan los turistas que desean tomar una foto para la posteridad frente al palacio de Gobierno, “casa donde tanto se sufre” como lo confesó un ex Presidente ya hastiado hacia el final de su mandato, de ver siempre el mismo lugar, la misma plaza.
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