Sin duda cientos de veces pasé por la Plaza de Armas, pero nunca había notado que más que una fotografía es una perfecta cinta de nosotros, la cual se repite día tras día transformándose en uno de los lugares que mejor representa al santiaguino promedio. Allí lo pintoresco de nuestra cultura se mezcla con la realidad de nuestro país en sólo unos cuantos metros de cemento.
Comienzo mi paseo desde la esquina sur poniente (Compañía con Ahumada) y lo primero que encuentro es la estación de metro Plaza de Armas. Por su costado pasa el fiel reflejo de aquello que muchas personas de región odia de nuestra querida capital. Toneladas de gente que camina a rauda velocidad, con cara de preocupación y afirmando fuertemente sus carteras, es decir: estrés… una valía totalmente santiaguina.
Luego al entrar a aquella galería de arte callejero recuerdo cuando caminaba en mi adolescencia con un primo por allí. Asombrado por el talento de los pintores que tenían un sin fin de perfectas caricaturas de celebridades, él decide inmortalizar su imagen pagando 1500 pesos a uno de los artistas.
Cuando el tipo termina el dibujo lo veo y rio a carcajadas, no se parece en nada a Rodrigo y ustedes comprenderán que a los 15 años esa cantidad de dinero te permitía poner tres veces tu parte de la “vaca” que hacíamos en cada carrete para comprar bebidas y papas fritas, por lo que mi primo intentó increpar al talentoso artista para que le devolviera su dinero, lo cual finalmente no tuvo ningún fruto.
Continúa mi travesía y veo un grupo de aproximadamente cinco lustrabotas, lo que trae a mi mente otro gran recuerdo. Cuando tenía aproximadamente 14 años una exuberante mujer “rubia” que lustraba sus botas color café en la misma Plaza de Armas, me dijo con gran fuerza: “washito cuando grande vai’ a ser mío” mientras yo pasaba a su lado.
Iba sólo y era aún más tímido que hoy por lo que mis nervios y candidez pudieron más que la emoción de que tan “guapa” mujer me dijera esas palabras, así que no pude volver por ella y besarla como hubiera querido.
Lamentablemente aquel lindo recuerdo se evaporó rápidamente. Los cánticos, discursos y gritos de ese hombre me causan escalofríos. No logro entender como tres viejitos lo escuchan con tanta atención, pero son tan ancianos que me esperanzo al creer que ya no pueden oír.
Rápidamente giro y cambio mi camino para evitar acercarme más a aquella escena de la cual no daré más detalles, ya que sin duda quien lea estas líneas sabrá a qué me refiero.
Así me encuentro con unos pequeños ponis, esos caballitos que seguramente muchos niños en algún paseo con sus padres por la antigua Plaza de Armas, quisieron llevarse en una foto sacada por nuestro criollo Don Ramón y su vieja cámara fotográfica.
Al continuar mi paseo el humor se hace presente su expresión más autóctona. El hermano del conocido humorista “El Flaco” realiza hace años una rutina con su compañero, la cual tiene el mismo estilo que aquel que llevó a los Dinamita Show a la cumbre del espectáculo nacional años atrás.
La única pero marcada diferencia es que en la calle no hay censura por lo que es mejor mantenerse en la parte trasera aquel círculo y rezar que no seas tú a quien elija ese sagaz comediante para satisfacer las risas de los demás.
Pero cuidado que mientras los humoristas hacen salir con fuerza gigantes carcajadas en los espectadores, los magos que pasan por atrás hacen desaparecer milagrosamente sus billeteras.
Continúo mi paseo y me retuerzo al escuchar tan sólo cinco palabras: “tío me saca una foto”, volteo y ahí esta, el típico doce añero “cimarrero”.
“No”, le digo sin siquiera pensar por un segundo en darle el gusto, “¡ya po!”, insiste, ¡no!, digo más fuerte, ¡ya po! y esta vez agrega una linda cara de estúpido.
“¿Para qué quieres una foto si no la vas a ver?” pregunto… “pa que si no más po” concluye… obviamente al escuchar aquello quedé totalmente convencido debido al propósito de mi recorrido de que debía guardar memorable momento.
Luego volteo y miro el edificio de Correos de Chile, sobre él una luz incandescente me ciega, por lo que pienso que seguramente fue un mensaje divino toparme con este angelito de Dios.
Me detengo un momento y decido dirigirme hacia el oriente y la historia comienza a cambiar, pero no antes de pararme en frente de un magistral caballo gris que se encuentra en la esquina de Catedral con Santo Domingo. A lo mejor no tiene atractivo para ustedes, pero cuando era chico me gustaba bastante y como es mi historia, puedo escribir lo que quiera.
Volviendo a mi historia, como les conté las cosas comenzaron a cambiar entre más subía. De todo aquel movimiento que encontré en el poniente de la Plaza de Armas, su opuesto parece estar más bien muerto.
Todo comienza con aquella especie de cúpula que alberga a pacientes hombres capaces de mirar por horas unas 20 piezas desparramadas en un tablero e ajedrez Estos deportistas sin duda aprendieron el arte de callar.
Camino sólo unos pasos más y el panorama se pone aún peor. Las bancas infestadas de personas que miran el horizonte sin nada que hacer. Ellos permanecen allí durante horas, en ocasiones hasta reconoces sus rostros, los que tristemente no irradian mucha alegría.
Finalmente y con esto decido cerrar el recorrido por aquel lugar, encuentro a este triste amigo que ya parece humanizado con el panorama que vive a diario en este cuadrado del centro de la capital. Ni siquiera quiere mirar la cámara cuando intento fotografiarlo, aquel es sin duda el gran representante de este lado de la Plaza de Armas.
Sitios de Interés
Sitios de Interés
No hay comentarios:
Publicar un comentario